Cuando tu mente no interfiere con miedos, titubeos y temor a la restricción futura, tu cuerpo queda libre para decidir y decirte con toda certeza si ese chocolate le apetece en ese momento o no.
Te ofrecen un delicioso, fino y aromático chocolate (o papitas, taco, dona o lo que quieras).
¿Qué haces?
Si te pasa como a mí me sucedía antes de sanar mi relación con la comida, puede que experimentes algo así:
Se lleva a cabo una lucha en tu interior, una batalla entre el bien y el mal, un conflicto existencial para poder decidir si lo comerás o no. Es más, casi casi quisieras tener puesta una camisa de fuerza para poder abstenerte de probarlo. Y utilizas hasta la última gota de fuerza de voluntad para negarte… o… de plano te doblegas, tiras la toalla y sucumbes ante los encantos prohibidos de semejante delicia. Y después, te sientes culpable por ser tan «débil».
Pero, ¿sabes qué? El tema no es si tienes o no fuerza de voluntad, porque cuando le das a tu cuerpo las riendas del asunto, y te comprometes a respetar sus necesidades y deseos, te vas dando cuenta de que tu organismo da señales muy claras de lo que quiere y lo que no quiere. Aprender a identificar, escuchar y respetar esas señales es tu verdadera labor, y no tiene nada que ver con fuerza de voluntad. Y créeme, tu organismo es increíblemente sabio, al grado de poder autorregular con eficacia tu alimentación y nutrición.
El primer paso para aprender a escuchar las señales de tu cuerpo y normalizar tu alimentación es cambiar tu forma de pensar con respecto a la comida. Si sabes que los alimentos están ahí siempre, que no están prohibidos, y que no llevan una carga moral (ej. alimentos buenos vs. malos), y que los puedes comer cuando los desees, tu percepción empieza a cambiar completamente. Los alimentos comienzan a perder su encanto de lo «prohibido», pues se convierten en algo del diario, algo común sin carga emocional. Cuando empiezas a mirar a los alimentos sin juicios y sabes que están a tu alcance para comerlos en las cantidades que te apetezcan, pierden su poder. Sólo así, con esa seguridad y sin amenazas de futuras prohibiciones, vas a poder tomar una decisión desde la más profunda sabiduría de tu cuerpo.
Cuando tu mente no interfiere con miedos, titubeos y temor a la restricción futura, tu cuerpo queda libre para decidir y decirte con toda certeza si ese chocolate le apetece en ese momento o no. Y si tú lo escuchas, la decisión de aceptar o rechazarlo deja de ser un acto del triunfo de la voluntad, y se convierte en un acto de respeto, cuidado y amor hacia tu cuerpo.
Es fácil decir que no a un chocolate cuando tu organismo te dice, «ahorita necesito algo salado y sustancioso, en realidad me vendría bien un guisado». Sin embargo, es difícil decirle que no a un chocolate cuando tu mente te dice, «esto es exquisito y pecaminoso, no deberías comerlo, sus consecuencias son fatales… pero es tan delicioso y escaso en tu vida que más vale que te lo comas ahorita, al fin, mañana empiezas tu dieta». ¿Ves la diferencia? En la primera instancia estás confiando en la sabiduría de tu organismo, sabiendo que únicamente busca tu bienestar y supervivencia. La segunda es un acto de total desconfianza en tu sabiduría interna, motivado por la prohibición, el temor y el castigo. De una forma estás conectada mente y cuerpo, de la otra, completamente desconectada.
Decirle «no» a un chocolate no tiene que ver con fuerza de voluntad. No tiene por qué entrar en juego cuando simplemente dejas que tu organismo tome las decisiones de lo que es mejor para él en ese momento. Si tu cuerpo apetece el chocolate en ese momento, te lo comerás con gusto y lo disfrutarás, y si no lo apetece, será fácil decir, «gracias, pero no se me antoja ahorita» y continuar feliz con tu día.
